El emperador deliraba. La fiebre lo consumía en el gran dormitorio de palacio. En sus pesadillas, rememoraba conquistas lejanas, sobre todo Hopaff. Sin embargo, era él quien moría a manos de su propio ejército.
En vano exhortaba a los soldados a obedecer a su señor. Los soldados, en fila, se acercaban para clavarle su espada. Todos con el mismo rostro e idéntica frialdad. No sangraba, pero sentía cada pinchazo.
En el momento en que parecía que iba a morir, se encontró desnudo en medio del jardín de palacio. Aquel brujo insolente de Hopaff —a quien mandó ejecutar— estaba sentado bajo uno de los árboles. El brujo se levantó y arrancó una hoja grande de la rama más alta del árbol.
El emperador despertó. Sintió que era importante contar ese sueño a su sirviente más leal; se lo susurró al oído. Esas fueron sus últimas palabras.
Ahora sabemos que el remedio a la que hoy llamamos Fiebre del Emperador estaba al alcance de su mano, mediante una infusión de hojas con el árbol de Hopaff que aún sigue en pie en el jardín de palacio.


