Se dejó acariciar por la corriente del arroyo, el frío agradable en las piernas, los pies sobre el fondo blando. Observó sus manos dentro del agua cristalina. Las hojas de los árboles se mecían por la suave brisa. Entre los árboles se escucharon ruidos, algunos pájaros cruzaron el río a la otra orilla.
Se hacía tarde. Ya no podía volver, sólo huir. Se terminó de lavar las manos ensangrentadas con apremio.

